miércoles, 11 de mayo de 2011

El Mercurio que cae como un meteorito en la Tierra



La tragedia que se aproxima, memorable como ningún otro evento. El universo rodea aquel ser en su letargo azul, a la espera que nazca. 

Es brillante y reluce, y sale de su propio estómago. Todo ha quedado manchado de mercurio, que gotea y se pierde sin rumbo. Y quiere comer, pero con su mano le impide abrir la boca. Y por lo tanto deja de respirar. El ser lo pulveriza, y se convierte en estrellas.

Viaje infinito y lamento tormentoso en el vacío, en la nada. No hay cavidades y todo resuena en un eco. Se propaga y se expande hasta que explota y sigue creciendo. No tiene límites y desgarra, y todo queda mohoso ambarino… reluce. Todo gira, y se corroe. Es lento, pero volátil. Sigue su curso y no se detiene. Atrae al ser y lo arrastra. Y huele…

Un día el ser dejó de ser finito, y desapareció. Solo quedan sus restos: estrellas repartidas en un sueño, que siguen brillando y brillando… y brillando… y brillando… y brillando… y

lunes, 2 de mayo de 2011

El feliz sueño del niño que clavaba alfileres en el trono del rey sin corona.




Rasgar.


El niño destrozado, veía antes sus ojos como se abría. Le inundaba curiosidad, y anhelaba con nerviosismo ese ansiado momento. Pero su orgullo nunca lo había permitido. Se había negado en la obsesión. Y la línea de la cordura lo mantenía fuera de sus posibilidades.

Y en cambio, aunque lo guardaba ferozmente, ese misterio, esa caja de pandora se abría antes sus ojos.

Por unos segundos el propio destello le cegó levemente, pero después se quedó maravillado ante su belleza y su tacto. Era suave y cálido. Podía sentir en sus manos todos esos sentimientos. El olor indescriptible le llenaba sus pequeñas fosas nasales. Lo cogió con sus manitas y se deleitó. Todo el esfuerzo mereció la pena.

Tumtum, Tumtum…. Su corazón palpitaba ante la nueva situación. Salió corriendo entre la oscura habitación, mientras que en su puño cerrado la luz cálida y roja brillaba. Tenía que darse prisa pues solo le quedaba unos minutos.

Cruzó otra habitación mucho más oscura que la anterior. En ella se escuchaba el tick tack de miles de relojes que nunca daban campanadas, por lo que el tiempo siempre era eterno.

Siguió adentrándose y adentrándose, dejando atrás el olvido. Y ya lo único que se podía escuchar eran vagos susurros inquietantes que reclamaban la atención del pobre niño con lúgubres llantos.

En la inmersa oscuridad que se cernía, el aire empezó a desgarrar. Estaba cerca de su cometido ya que notaba el negro hielo, y el frío oscuro que lo envolvía. Y entonces…


“Húndelo, Húndelo… desgárralo…”


El niño empezó a hundir el preciado tesoro de sus manos. Lo hundía una y otra, y lo repetía incansablemente desgarrando cada parte, cada trozo, cada sentimiento.

Y así fue como el niño se quedó sin corazón, hundiéndolo y desgarrándolo hasta satisfacer su ego.